
15 citas este otoño

Джулс Хониг
15 citas este otoño
15 CITAS ESTE OTOÑO
Una historia romántica de otoño
Capítulo 1. La lista
Vocabulario del capítulo
volver a clase — вернуться к занятиям
el curso — учебный год, курс
la compañera de piso — соседка по квартире
el exnovio — бывший парень
enterarse de — узнать о чём-либо
superar una ruptura — пережить расставание
tener una cita — пойти на свидание
hacer una apuesta — заключить пари
atreverse a — осмелиться на
poner una condición — поставить условие
hacer una lista — составить список
estar soltero / soltera — быть свободным / свободной
salir con alguien — встречаться с кем-либо
cambiar de tema — сменить тему
tener razón — быть правым
Capítulo 1. La lista
El primer lunes de septiembre, Salamanca parecía haber decidido que el verano todavía no había terminado. A las nueve de la mañana el aire era fresco, pero el sol ya calentaba las fachadas de piedra y hacía brillar las ventanas de los edificios antiguos. Las terrazas estaban abiertas, las bicicletas cruzaban las calles estrechas y, delante de la universidad, grupos de estudiantes hablaban demasiado alto después de varias semanas sin verse. Clara Martín caminaba entre ellos con una bolsa de tela al hombro, un café frío en la mano y la sensación de que todo el mundo había vuelto de las vacaciones con una vida más interesante que la suya. Llevaba el pelo negro recogido en una coleta alta, aunque varios mechones se escapaban alrededor de su cara cada vez que soplaba el viento. Había elegido una camiseta verde oscura y unos vaqueros claros, una combinación sencilla que no exigía pensar demasiado a las siete de la mañana.
Clara tenía diecinueve años y empezaba su segundo curso en la universidad. El año anterior había llegado a Salamanca convencida de que la vida universitaria sería una sucesión de planes espontáneos, amistades perfectas, cafés interminables y decisiones importantes tomadas bajo árboles centenarios. La realidad había sido menos elegante. Había perdido un autobús el día de un examen, había quemado una sartén en el piso que compartía con dos amigas y había pasado tres semanas preparando una presentación que el profesor resumió con un breve “bien”. También se había enamorado de Daniel, un estudiante de Economía de veinte años que hablaba muy rápido, siempre llevaba camisetas blancas y tenía la costumbre de decir “ya veremos” cuando no quería comprometerse con ningún plan.
La relación con Daniel había durado nueve meses y había terminado a finales de junio. No hubo gritos, traiciones ni una escena dramática bajo la lluvia. Él dijo que necesitaba espacio. Clara respondió que probablemente ella también. Después se fueron a casa por el verano y dejaron de escribirse. Durante julio, Clara había repetido a todo el mundo que estaba perfectamente. En agosto empezó a creerlo. Por eso, aquella mañana de septiembre, cuando vio a su amiga Lucía corriendo hacia ella con una expresión sospechosa, no imaginó que el día iba a cambiar de dirección antes incluso de su primera clase.
—Clara, tengo que decirte una cosa.
—Buenos días para ti también.
—Prométeme que no vas a enfadarte.
—No puedo prometer eso sin saber qué has hecho.
—Yo no he hecho nada.
—Eso es exactamente lo que dice una persona que ha hecho algo.
Lucía frenó delante de ella. Era pequeña, llevaba una chaqueta amarilla demasiado alegre para aquella conversación y sujetaba el teléfono con las dos manos. Clara conocía aquella postura. Significaba que había una fotografía, un mensaje o una publicación que Lucía consideraba importante y que probablemente Clara preferiría no ver. Durante dos segundos, Clara pensó en negarse. Podía entrar en clase, apagar el teléfono y conservar la paz hasta la hora de comer. Sin embargo, la curiosidad ganó. Lucía le enseñó una fotografía publicada la noche anterior. Daniel estaba en una terraza de Madrid, sonriendo junto a una chica rubia. No estaban besándose. Ni siquiera se tocaban de una forma especialmente romántica. Pero el texto debajo de la imagen decía lo suficiente: “El mejor final para el mejor verano” y un corazón rojo.
Clara observó la pantalla. Primero sintió sorpresa. Después apareció una molestia pequeña y absurda, como cuando alguien ocupa el asiento que una persona usa siempre aunque no tenga ningún derecho sobre él. Daniel era su exnovio. Podía salir con quien quisiera. Ella lo sabía. Además, habían pasado más de dos meses desde la ruptura. Todo era lógico. El problema era que las emociones tenían una relación bastante irregular con la lógica.
—¿Estás bien? —preguntó Lucía.
—Sí.
—Has dicho “sí” con cara de querer lanzar mi teléfono a una fuente.
—No quiero lanzar tu teléfono.
—¿El suyo?
—Quizá el suyo.
Lucía guardó el móvil. Clara bebió un poco de café y descubrió que ya estaba casi caliente. Alrededor de ellas, el campus seguía funcionando como si nada importante hubiera ocurrido. Un chico buscaba desesperadamente un aula. Dos chicas se abrazaban junto a una escalera. Alguien discutía por teléfono sobre un horario. Clara agradeció aquella normalidad. No quería que la nueva novia de Daniel se convirtiera en el acontecimiento principal de su regreso. La primera clase fue Historia Contemporánea y Clara no escuchó ni la mitad. Escribió la fecha, el título y tres frases sobre el programa. Después empezó a dibujar cuadrados en el margen del cuaderno. Cada vez que intentaba concentrarse, volvía a recordar la fotografía. No porque quisiera recuperar a Daniel. Eso era lo extraño. Si él hubiera aparecido delante de ella y le hubiera pedido volver, Clara estaba casi segura de que habría dicho que no. Lo que le molestaba era descubrir que él había avanzado antes que ella. Durante el verano, ella había leído seis novelas, trabajado algunas semanas en una cafetería de su barrio, visto demasiadas series con su madre y rechazado dos invitaciones a salir porque “todavía no le apetecía”. Daniel, en cambio, parecía haber empezado otra historia.
Al terminar la clase, Clara decidió que no iba a dedicarle más energía. Tomó una decisión firme, adulta y muy razonable: no volvería a mirar la fotografía. Cinco minutos después la abrió otra vez. A la hora de comer ya conocía el nombre de la chica, su carrera y el hecho de que tenía un perro llamado Coco. Entonces comprendió que necesitaba intervención externa. Aquella tarde volvió al piso que compartía con Lucía y Marta. Vivían en una tercera planta sin ascensor, a quince minutos andando de la universidad. El salón tenía un sofá azul que habían comprado de segunda mano, una mesa redonda llena de marcas de vasos y un balcón pequeño desde el que se veía la parte superior de una iglesia. Marta todavía no había vuelto de clase. Lucía estaba sentada en el suelo organizando libros cuando Clara dejó el bolso y se dejó caer sobre el sofá.
—He investigado a la chica.
—Ya lo sé.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque te conozco.
—Solo un poco.
—Sabes cómo se llama su perro.
—Coco.
—Clara.
—Ya he parado.
Lucía cerró un libro y la miró con paciencia. Se conocían desde el colegio y sabía cuándo Clara necesitaba consuelo y cuándo necesitaba que alguien le dijera algo incómodo. Aquella tarde eligió la segunda opción.
—No quieres volver con Daniel.
—No.
—Entonces el problema no es Daniel.
—Gracias, psicóloga.
—El problema es que llevas todo el verano evitando cualquier posibilidad de conocer a alguien.
—He conocido gente.
—El camarero de la playa no cuenta.
—Se llamaba Sergio.
—Precisamente.
Clara cogió un cojín y se lo lanzó. Lucía lo atrapó riéndose. En ese momento se abrió la puerta y Marta entró con dos bolsas del supermercado. Escuchó únicamente las palabras “Daniel”, “camarero” y “problema”, dejó las bolsas sobre la mesa y anunció que necesitaba un resumen completo antes de guardar la leche. Diez minutos después, las tres estaban en la cocina. Marta cortaba un melocotón, Lucía explicaba su teoría y Clara defendía su derecho a pasar el resto de su vida sin una sola cita si así lo deseaba. La ventana estaba abierta y entraba el ruido de la calle. Todavía hacía suficiente calor para cenar en el balcón. Sobre los tejados, la luz de septiembre empezaba a volverse dorada.
—No digo que necesites novio —dijo Lucía—. Digo que necesitas dejar de comportarte como si una cita fuera una entrevista de trabajo.
—Las entrevistas de trabajo son más sencillas.
—Eso confirma mi argumento —dijo Marta.
—No quiero buscar una relación.
—Perfecto —respondió Lucía—. Entonces no busques una relación.
—¿Y qué busco?
—Historias.
—Eso suena peligroso.
—Suena divertido.
Marta se apoyó en la encimera y miró a Lucía. Clara reconoció inmediatamente aquella mirada. Sus amigas estaban a punto de inventar algo y, por experiencia, sabía que intentar detenerlas solo hacía el proceso más rápido.
—Quince —dijo Marta.
—¿Quince qué?
—Citas.
—No.
—Ni siquiera he explicado las reglas.
—No necesito las reglas para saber que no.
—Quince citas este otoño —continuó Marta—. Sin buscar novio. Sin pensar si alguien puede ser el amor de tu vida. Solo conocer gente.
—Estáis enfermas.
—Un poco —admitió Lucía.
La idea era ridícula. Clara lo dijo varias veces. Quince citas eran demasiadas. Además, ¿de dónde iban a salir quince personas? Lucía respondió que Salamanca estaba llena de estudiantes. Marta añadió que no tenían que ser quince historias de amor, solo quince primeras citas. Un café, una exposición, un paseo, una película. Una hora con alguien nuevo. Si la conversación era horrible, Clara podía marcharse. Si era agradable, mejor. El objetivo no era enamorarse. El objetivo era atreverse. Clara quiso rechazarlo de inmediato, pero una parte de ella empezó a divertirse. Quizá porque el plan convertía algo que le daba inseguridad en una especie de juego. Desde la ruptura, cada vez que alguien le proponía presentarle a un chico, Clara imaginaba automáticamente el resultado final. ¿Le gustaría? ¿Ella le gustaría a él? ¿Podría convertirse en algo serio? ¿Volvería a terminar mal? Quince primeras citas eliminaban esa presión. No tenía que encontrar a nadie. Solo tenía que aparecer.
—Necesitamos reglas —dijo Clara.
—¡Ha dicho que sí! —gritó Lucía.
—No he dicho que sí.
—Has pedido reglas. Legalmente es un sí.
—No funciona así.
—En esta casa sí.
Marta buscó un cuaderno naranja que usaban para listas de compras y arrancó una hoja. En la parte superior escribió con letras grandes: “15 CITAS ESTE OTOÑO”. Clara protestó porque parecía el título de un programa de televisión barato. Lucía añadió una pequeña hoja dibujada junto al número quince. Después empezaron a negociar. La primera regla decía que cada cita debía ser con una persona diferente. La segunda, que Clara no podía aceptar a alguien que le pareciera desagradable solo para completar el número. La tercera, que tenía derecho a marcharse en cualquier momento si se sentía incómoda. La cuarta, propuesta por Clara, prohibía a sus amigas enviar mensajes a nadie desde su teléfono. La quinta establecía que después de cada cita habría un informe en la cocina, acompañado de algo para comer.
La sexta regla provocó una discusión. Lucía quería prohibir repetir cita con la misma persona hasta completar las quince. Clara dijo que aquello era absurdo: si conocía a alguien interesante en la cita número tres, no iba a ignorarlo durante seis semanas por obedecer un cuaderno naranja. Finalmente cambiaron la regla. Podía volver a ver a alguien, pero esas reuniones no contarían como nuevos números.
—Y una condición más —dijo Marta.
—¿Cuál?
—No puedes enamorarte.
—Eso no es una condición. No se puede controlar.
—Entonces escribe: “Intentar no enamorarse”.
—Eso es todavía más ridículo.
—Por eso me gusta.
Clara tomó el bolígrafo y, debajo de las reglas, escribió: “Objetivo: llegar viva a la cita número quince”. Las tres se rieron. En aquel momento, la idea dejó de parecer una reacción triste a una fotografía y se convirtió en algo suyo. Un plan para el comienzo del curso. Una historia privada entre amigas. Quizá incluso una forma de recordar aquel otoño cuando fueran mayores. Estaban discutiendo dónde encontrar al primer candidato cuando sonó el timbre. Marta miró el reloj y se levantó demasiado rápido.
—Ah, es Leo.
—¿Quién es Leo? —preguntó Clara.
—Un amigo de Arquitectura. Le he dejado unos apuntes.
—¿Y viene ahora?
—Sí.
—Marta, tenemos una reunión confidencial.
—Es una lista de citas, no secretos de Estado.
Marta abrió la puerta. Clara oyó una voz masculina en el pasillo y volvió a mirar la hoja, intentando decidir si debía esconderla. No tuvo tiempo. Unos segundos después apareció en el salón un chico alto con el pelo rubio, algo desordenado, una camiseta azul oscuro y una sobrecamisa beige que llevaba abierta. Tenía una carpeta bajo el brazo y una expresión tranquila, como si entrar en un piso lleno de desconocidos fuera una situación completamente normal. Marta hizo las presentaciones. Leo Navarro tenía veinte años, estudiaba Arquitectura y vivía dos calles más abajo. Conocía a Marta desde el curso anterior porque habían trabajado juntos en una actividad universitaria. Saludó a Lucía y después miró a Clara. Sus ojos bajaron un segundo hacia la hoja naranja que ocupaba el centro de la mesa.
—¿Quince citas este otoño? —leyó.
—No leas.
—Está escrito en letras de cinco centímetros.
—Sigue siendo privado.
—Entonces necesitáis una carpeta.
Clara agarró la hoja y la puso boca abajo. Leo sonrió, pero no de una forma desagradable. Parecía simplemente divertido. Marta fue a buscar los apuntes a su habitación y dejó a los otros tres en un silencio breve. Lucía, que nunca había conocido un silencio que no quisiera destruir, explicó el experimento completo en menos de treinta segundos.
—Lucía —dijo Clara.
—¿Qué?
—He dicho que era privado.
—Él ya había leído el título.
—Solo el título.
—Era bastante informativo.
Leo se sentó en el brazo del sofá, todavía sonriendo. Clara decidió que ya no le caía bien. Era una decisión rápida y probablemente injusta, pero la manera en que miraba la hoja le daba la impresión de que estaba preparando un comentario.
—¿Y qué ganas si completas las quince? —preguntó Leo.
—Experiencia.
—¿Experiencia en qué?
—En conocer gente.
—Puedes conocer gente sin llamarlo cita.
—Gracias por la información.
—De nada.
Lucía escondió una sonrisa detrás de su vaso. Clara la vio y le lanzó una mirada de advertencia. Leo, en cambio, parecía completamente cómodo.
—¿Y si en la segunda cita conoces a alguien que te gusta? —preguntó él.
—Puedo volver a verlo. No cuenta como una nueva.
—Habéis pensado mucho en esto.
—Siete minutos.
—Impresionante.
—¿Tienes algún problema con mi lista?
—Ninguno.
—Tu cara dice otra cosa.
—Mi cara dice que esto va a terminar fatal.
Clara abrió la boca, sorprendida por la seguridad con la que lo había dicho. Lucía soltó una carcajada. En ese momento Marta regresó con los apuntes y se encontró a Clara mirando a Leo como si acabara de declarar una guerra.
—¿Qué ha pasado?
—Tu amigo cree que mi idea es horrible.
—No he dicho horrible —respondió Leo—. He dicho que va a terminar fatal.
—Es diferente —dijo Marta.
—Gracias por el apoyo.
—Yo creo que será divertido.
—Eso también puede ser fatal —dijo Leo.
Clara cruzó los brazos. El chico era irritante. También era, tuvo que admitir, bastante guapo. El pelo rubio le caía sobre la frente y tenía una pequeña cicatriz junto a una ceja. Pero Clara se negó a considerar aquel dato relevante. Estaba empezando un experimento para conocer gente nueva, no para analizar al primer hombre que entrara en su salón.
—No te preocupes —dijo Clara—. Tú no estás en la lista.
—Qué alivio.
—No parecía que estuvieras preocupado.
—Lo estaba muchísimo.
—Se nota.
Leo guardó los apuntes en la carpeta. Antes de marcharse, volvió a mirar la hoja que Clara todavía protegía con una mano.
—Una pregunta.
—No.
—Todavía no la he hecho.
—Me estoy adelantando.
—¿Cuándo es la primera?
—Todavía no existe.
—Entonces vuestro gran experimento tiene un pequeño problema.
—Lo solucionaremos.
—Seguro.
Se despidió de Marta, levantó una mano hacia Lucía y miró a Clara una última vez. Ella no supo si aquella sonrisa significaba buena suerte o “ya te lo dije” por adelantado. Cuando la puerta se cerró, esperó exactamente tres segundos.
—Es insoportable.
—Es divertido —dijo Lucía.
—No.
—Es guapo —añadió Marta.
—Eso no tiene ninguna importancia.
—No he dicho que la tenga.
—Además, no está en la lista.
—Eso ya se lo has dejado muy claro —dijo Lucía.
Clara volvió a sentarse. El sol estaba bajando y el salón se había llenado de una luz naranja suave. Desde el balcón llegaban conversaciones de la calle y el sonido de platos de una terraza cercana. Era una de esas tardes de septiembre en las que parecía imposible que el frío fuera a llegar algún día. Marta puso la hoja otra vez en el centro de la mesa. Quedaban quince líneas vacías. Clara sintió una mezcla de emoción y vergüenza. Aquello podía convertirse en una idea fantástica o en seis semanas de situaciones incómodas. Probablemente en las dos cosas.
—Necesitamos la cita número uno —dijo Marta.
—Mañana —respondió Lucía.
—¿Mañana?
—Cuanto antes empieces, menos tiempo tendrás para arrepentirte.
—Ese argumento no me tranquiliza.
Lucía abrió una aplicación de citas en su propio teléfono. Clara protestó, pero terminó sentándose a su lado. Durante media hora miraron perfiles. Algunos chicos aparecían en todas sus fotografías con gafas de sol. Otros escribían descripciones tan largas que parecían cartas de presentación. Uno solo tenía fotos de su perro. Clara dijo que el perro parecía interesante, pero Lucía explicó que no podían contar una cita con un animal. Finalmente encontraron a Álvaro, veinte años, estudiante de Derecho, aficionado al tenis y a los viajes. En sus fotografías sonreía de una forma natural y su descripción decía que conocía el mejor café de Salamanca. Clara aceptó hablar con él principalmente porque aquello parecía una afirmación fácil de comprobar. Intercambiaron varios mensajes. Álvaro escribía bien, hacía preguntas y no parecía extraño. Antes de que Clara pudiera pensarlo demasiado, él propuso tomar un café el miércoles por la tarde.
Clara miró a sus amigas. Marta levantó las cejas. Lucía señaló la hoja naranja.
—Hazlo —dijo.
—Es dentro de dos días.
—Exactamente.
—No sé qué ponerme.
—Faltan cuarenta y ocho horas.
—Necesito tiempo.
—Para tomar café.
—Para una cita.
—Ese es precisamente el problema —dijo Lucía—. Lo estás convirtiendo otra vez en algo enorme.
Clara respiró y volvió al teléfono. Escribió que sí. Álvaro respondió con la dirección de una cafetería cerca de la Plaza Mayor y un mensaje: “Miércoles, 18:00. Prometo que el café es bueno”. Clara confirmó. Marta tomó el bolígrafo y escribió en la primera línea: “1. Álvaro. Miércoles. Café”. El resto permaneció vacío. Durante la cena, Clara intentó hablar de otras cosas. Comentaron horarios, profesores y planes para el fin de semana. Sin embargo, sus ojos volvían continuamente a la hoja. Quince citas. Dos palabras que por la mañana no existían en su vida y que ahora parecían ocupar una parte importante de su otoño. Más tarde, cuando Lucía y Marta se fueron a sus habitaciones, Clara salió al balcón. La noche era templada. Abajo, varias mesas seguían ocupadas y una pareja caminaba despacio por la acera compartiendo un helado. Clara apoyó los brazos en la barandilla.
Pensó en Daniel y descubrió que llevaba varias horas sin mirar su perfil. Aquello le pareció una pequeña victoria. No quería convertir las quince citas en una competición con él. Si Daniel estaba enamorado, bien. Si solo estaba empezando algo, también. Su vida ya no era una referencia para medir la de Clara. El teléfono vibró. Por un segundo pensó que era Álvaro. Era un mensaje de Marta en el grupo del piso: una fotografía de la hoja naranja, ahora pegada a la nevera con un imán en forma de limón. Debajo había escrito: “Que empiece el desastre”. Clara se rio sola. Entró en la cocina y observó la lista. La primera línea ya tenía un nombre. Las otras catorce estaban vacías y, por alguna razón, no le daban miedo. Le parecían posibilidades.
Cogió un bolígrafo y añadió una frase debajo de las reglas: “No comparar a nadie con Daniel”. Dudó un momento y escribió otra: “No tomar decisiones antes del postre”. Después recordó a Leo diciendo que todo iba a terminar fatal. Sonrió con cierta irritación. No sabía por qué su opinión le importaba. Apenas lo conocía. Era simplemente el amigo rubio de Marta, un estudiante de Arquitectura demasiado seguro de tener razón. Clara cerró el cuaderno naranja, aunque la hoja seguía en la nevera. El miércoles tendría su primera cita. Tal vez sería aburrida. Tal vez sería divertida. Tal vez duraría veinte minutos o tres horas. Por primera vez desde junio, no intentó imaginar el final antes de empezar.
Esa noche se acostó con la ventana abierta. Desde la calle llegaba el murmullo de las terrazas y el aire olía todavía un poco a verano. Septiembre acababa de comenzar. Quedaban semanas de sol, tardes doradas y hojas que todavía no habían cambiado de color. Clara no sabía quién iba a ocupar las catorce líneas vacías ni qué iba a pensar cuando llegara a la última. Solo sabía dos cosas. La primera era que el miércoles a las seis iba a tomar café con un desconocido llamado Álvaro. La segunda era que Leo Navarro no estaba en la lista. Y, en aquel momento, Clara estaba completamente segura de que así iba a seguir.
Ejercicios de vocabulario
Ejercicio 1. Relaciona
1. enterarse de
2. superar una ruptura
3. tener una cita
4. hacer una apuesta
5. atreverse a
6. poner una condición
7. estar soltero
8. salir con alguien
9. cambiar de tema
10. tener razón
a. встречаться с кем-либо
b. осмелиться на
c. быть правым
d. узнать о чём-либо
e. пережить расставание
f. пойти на свидание
g. заключить пари
h. быть свободным
i. сменить тему
j. поставить условие
Ejercicio 2. Completa las frases
Completa con: exnovio, lista, cita, apuesta, razón, soltera, curso, atreverse, enterarse, compañera de piso.
1. Clara empieza su segundo ______ en la universidad.
2. Lucía es amiga y ______ de Clara.
3. Daniel es el ______ de Clara.
4. Clara acaba de ______ de que Daniel sale con otra chica.
5. Sus amigas proponen una ______: quince citas durante el otoño.
6. Clara está ______ desde junio.
7. Marta escribe los nombres en una ______.
8. La primera ______ será con Álvaro.
9. El objetivo es ______ a conocer gente nueva.
10. Leo cree que tiene ______ y que el plan terminará mal.
Ejercicio 3. Elige la opción correcta
1. Clara y Daniel terminaron su relación en: a) abril b) junio c) septiembre
2. Clara comparte piso con: a) Lucía y Marta b) Marta y Elena c) Lucía y Ana
3. Leo estudia: a) Derecho b) Economía c) Arquitectura
4. El primer chico de la lista se llama: a) Álvaro b) Leo c) Sergio
5. La primera cita será en: a) un cine b) una cafetería c) un parque
6. Leo piensa que el experimento: a) es perfecto b) terminará fatal c) es aburrido
Respuestas. Vocabulario
Ejercicio 1: 1-d, 2-e, 3-f, 4-g, 5-b, 6-j, 7-h, 8-a, 9-i, 10-c.
Ejercicio 2: 1. curso; 2. compañera de piso; 3. exnovio; 4. enterarse; 5. apuesta; 6. soltera; 7. lista; 8. cita; 9. atreverse; 10. razón.
Ejercicio 3: 1-b, 2-a, 3-c, 4-a, 5-b, 6-b.
Gramática. Pretérito Perfecto y Pretérito Indefinido
В первой главе особенно полезно повторить два прошедших времени. Оба говорят о прошлом, но выбор зависит от того, как говорящий связывает событие с настоящим.